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Pausa

Maria Lucia Thomas

Suena la alarma, un sonido ensordecedor. Del susto, con el corazón en la garganta, Francisco estira el brazo, le da un manotazo al artefacto, que vuela por los aires y se rompe en mil fracciones al caer al suelo, y se levanta de un brinco. Sin pausa, mira su reloj de muñeca, ya es tarde, no hay tiempo para juntar el desastre. Lo hará a la vuelta.

Evitando pisar los trozos de reloj punzantes, camina cuidadosamente, pero apurado, hacia el baño. Se afeita, se da una ducha, se perfuma y va hacia el cuarto nuevamente donde se cambia, con traje y corbata.

Baja hacia la cocina, a los saltos, enciende la pava eléctrica, toma una taza-termo del escurridor y, cuando el agua está lista, se prepara un café instantáneo. Sin tiempo para otra cosa, con el termo en mano, sale de la cocina. En el recibidor toma un abrigo del armario, las llaves del auto que cuelgan de un perchero y se va.

En el auto, con su mente ya inundada de quehaceres y obligaciones -las cosas pendientes que quedaron de la jornada anterior, lo nuevo que deberá encarar esta mañana, las compras semanales y juntar el desastre que dejó en su habitación- le da el primer sorbo a su café. Pero la bebida está muy caliente y Francisco se quema. Suelta el manubrio, trayendo su mano a la boca. El semáforo en frente suyo está en rojo y debe pisar rápido el freno si no quiere pasárselo. El café cae sobre su falda, Francisco salta del dolor y sin darse cuenta, aprieta el acelerador, en cambio.

En frente, un señor con andador cruza la calle. Francisco, a grito pelado, sopla y produce un viento con las manos que poco puede hacer por sus piernas; el auto sigue andando. Finalmente, cuando el calor comienza a disminuir y Francisco se da cuenta que el auto aún se mueve, mira hacia adelante y logra divisar al señor. Pisa el freno de golpe, el auto cabecea, y finalmente el motor se apaga. El señor llega a salvo hasta el otro lado.

El teléfono de Francisco, ubicado en el asiento de acompañante, comienza a soñar y él lo mira, no ve quién es, pues está de boca al asiento, pero asegura que es su jefe. Francisco mira al señor, luego a sus pantalones y hacia el teléfono nuevamente. Lo deja sonar. Se apaga. Al segundo, otra llamada. Ya debe estar llegando tarde. Mira el reloj del auto: efectivamente. El semáforo está en verde, Francisco acelera. El teléfono sigue sonando, y con él el corazón de Francisco, quien decide frenar a un costado para devolver la llamada. Pone las balizas. Las bocinas comienzan a sonar, una tras otra, TUUU TUUU TUUU , y su corazón sigue acelerando.

De pronto, con el celular en la mano, escucha que alguien golpea la ventana del acompañante. Mira hacia allí y ve que un señor de unos setenta años le sonríe.  Francisco baja la ventanilla, confundido.

“¿A dónde crees que vas?” le dice el señor.

“Papá, ¿qué hacés acá?”

“Qué pregunta es esa muchacho? Vengo a visitarte, como cualquier domingo. Te vi recién, cuando llegue al otro lado. Te estaba llamando.»

Francisco se queda helado. No se mueve. Era su padre cruzando la calle.

“Anda muchacho, ayuda a tu viejo. Que esta cosa me la tiene jurada.”

Francisco, aún en shock, sale del auto, da la vuelta y ayuda a su padre a entrar en el auto.

“Pero, querido, ¿acaso no retienes?” el padre de Francisco se ríe a carcajadas al ver la mancha de café en su falda.

“Qué gracioso”, dice Francisco -sus nervios se disipan- mientras pone el andador sobre el asiento trasero.

“Anda, es solo un chistecito. Ahora, ¿me quieres decir qué haces tan «empilchado»? Me siento halagado, de veras. Pero sabes que con tu padre puedes andar en pantuflas y calzones, ¿verdad?”

Francisco se queda callado, pensando. Se sube al auto y maneja devuelta hacia su casa. Durante el camino, mira a su padre que, con la ventanilla abierta, respira el aire. Parece estar contento. Francisco mira hacia sus pantalones y luego de nuevo a su padre. Sonríe.

 El enjambre mental es producto del ajetreo que nos atraviesa día tras día; corridas hacia y desde el trabajo, almuerzos y cenas en apuros, solos, duchas cortas, charlas rápidas, impuestas, impersonales…

Tomemos pausas. Para respirar, para acompañar, para estar.

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