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La guardiana del tiempo

Maria Lucia Thomas

Su piel resquebrajada comunica lo que sus labios no. Atraviesan sus mejillas surcos que parten de la comisura de su boca hasta el mentón; y así, se le forma una mueca que expresa melancolía y nostalgia.

Con ciento diez años de edad, es la integrante más longeva de la aldea, y su solemne presencia hace de guía de los más jóvenes durante su desarrollo hasta la adultez. Especialmente presente entre los más pequeños, quienes van y vienen como si las horas no pasaran, algo natural y sano a esa temprana edad, ella busca encausarlos hacia momentos de contemplación y pausa.

Es guardiana del tiempo, y por esa razón, suele resguardarse de las multitudes, buscando la soledad y el silencio, quedándose la mayor parte del día dentro de su vivienda, donde ejercita la armonización con el ambiente. Como si ambos fueran parte de un todo que se expande y renueva de forma continua, sus parpados fruncidos y rugosos caen pesados, y así la atmósfera cambia, fomentando el equilibrio entre energías.

Cuando no está retraída, se traslada por entre los habitantes del pueblo llevando su cuerpo como si no le pesara. El público, expectante, la ve pasar sin omitir sonido, a la espera de que sea ella la que haga el primer acercamiento. Su mirar, vago, como quien evita el contacto visual, se distancia de la situación, y en cambio busca el horizonte, donde se pierde. Si nada llama su atención, gira en su propio eje y retorna al abrigo de su posada, una vez más. Aquellos días, el silencio es tan rotundo en la aldea que esta aparenta tomar colores grises, a veces hasta azulados, haciendo el tiempo infinito, como si no avanzara.

Otros días, en cambio, al salir, y cuando ella lo cree acuciante, rompe su estado fugaz para interactuar con aquel sujeto que censa privado de simetría energética. Toma su brazo con delicadeza y frialdad, y en un murmullo, rasposo y desprovisto de vehemencia, recita:                

 “Tu corres, y el tiempo lo hace contigo, pero no te confundas, que en tu vorágine poco puedes apreciarlo y contemplarlo. Poco puedes valerte de él y emplearlo a tu favor. Solo lo miras, lo ves pasar, y cuando te quieras acordar e intentes frenar, el tiempo ya habrá pasado; y es lo único en este mundo que no va hacia atrás.”

Entonces, el sujeto en cuestión, enseguida se desploma sobre el suelo. Los concurrentes más cercanos a su posición quiebran su situación inercial e irrumpen la puesta levantándolo de la tierra para acercarlo a la propia vivienda y depositarlo sobre su cama. Durante ese día y el siguiente, el afectado cae enfermo, con la obligación de quedarse recostado, recuperándose sin nada más que hacer.  

El efecto del contacto con la guardiana va tomando curso desde el momento en que ocurre, haciendo virar el aura de la “víctima”, volviéndola una persona con mayor poder de introspección y de facultades meditativas. Los síntomas de la enfermedad; el sufrimiento, la transpiración, el dolor y la tristeza, lo transforman a un alguien capaz de entrar en estado de reflexión, de percibir sutilezas y de honrar el paso del tiempo; algo impensado para este en etapas pertenecientes a su vida anterior.

Y cuando todo eso culmina, renace. Ya no le es posible retornar. Este despertar, atraviesa ahora su nueva esencia, que lleva marcas y cicatrices, pero que lo encuentra dispuesto a encaminarse en una ruta distinta; la de mentor del pueblo y a la vez discípulo del centinela temporal.

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