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El Muchacho Drie Ogen

Maria Lucia Thomas

Es sabido, al menos por aquellas personas interesadas en artefactos científicos, que los primeros y rudimentarios binoculares fueron creados por el señor Hans Lippershey en diciembre de 1608.

Lippershey había sido, en una época, fabricante de anteojos y el que inscribió la primera patente de un telescopio, en octubre del año anteriormente mencionado.

Como sus fieles clientes sentían cansancio, agotamiento y migrañas frecuentes al utilizar tal instrumento, fue requerido por ellos la puesta en marcha de un diseño que les permitiese un uso más ameno. Lippershey, entonces, implementó algo semejante, pero, apropiado para la visión a través de ambos ojos.

La invención fue un éxito y los usuarios quedaron muy satisfechos con los resultados; todos excepto uno.

El contrariado Machiel Drie Ogen, era bien conocido por los habitantes del pueblo, quienes al pasar lo observaban desconcertados, con frialdad y distancia. Portaba su atractiva figura de una manera elegante y fluida, siendo todas sus facciones finas y gentiles. Pero algo en su rostro había sido construido, en el vientre de su madre, con una expresión particular. En lugar de poseer únicamente dos ojos, como cualquier persona y comprador del inventor Hans Lippershey, el muchacho Drie Ogen poseía estos dos, y uno más.

A diferencia de William Bill Durks, nacido a la posteridad el 17 de diciembre de 1913, quién se caracterizó por tener labio leporino, nariz bífida y tres ojos; de los cuales uno era maquillado entre sus narices; el tercer ojo de Machiel era real.

El muchacho, al colocarse los binoculares creados por el reconocido artesano óptico, no solo sintió una extrema incomodidad por apoyársele el puente del utensilio en su tercer ojal, provocándole dolorosas heridas, sino que, además, le generaban una suerte de reacción secundaria en su organismo completo.

El uso de estos binoculares le producía un hormigueo tan intenso al joven que su tercer ojo, extasiado, giraba sobre su propio eje y se direccionaba hacia arriba y hacia abajo en un ida y vuelta sin fin. Claro está, que al suceder esto, Machiel sentía mucha vergüenza y, a menos que pusiera el mismo en remojo por varias horas en te de tilo, su frenesí no podía ser controlado.

Resolvió que iría a visitarlo al señor Lippershey, quien, al ver semejante espectáculo, decidió que lo mejor sería crear un trinocular especialmente medido y diseñado para Machiel. Como su tercer ojo tenía una visión contraria a la de los otros dos, lo único que tuvo que hacer fue invertir la lente.

Hasta ese momento, Machiel nunca había conseguido un trabajo respetable, en donde no fuera mirado con desprecio. Pero, a partir de sus nuevos trinoculares su situación cambió. Se volvió mundialmente reconocido; no solo por sus avistajes e investigaciones científicas en aves y animales semejantes, sino porque no había quien pudiera superarlo cuando de contemplar lo inalcanzable se trataba.   

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